Le envié el estudio español a Elizabeth Loftus. Y contestó al punto: «Parece ser un estudio brillante. Demuestra que se pueden encontrar diferencias en el cerebro entre grupos de recuerdos verdaderos y falsos. Pero seguimos estando muy lejos de ser capaces de tomar un recuerdo individual y clasificarlo de forma fiable como verdadero o falso. Esto es lo que desearía el sistema legal, pero habrá que seguir esperando durante bastante más tiempo.»

Su respuesta me sorprendió. No por su prudencia, desde luego, sino por su optimismo. Enunciar la posibilidad, aun lejana, de que pueda distinguirse, ¡materialmente!, entre un recuerdo verdadero y otro falso supone un puntapié cósmico al dualismo. Pero ése es justamente el umbral donde estamos.

Comprenderás que estos asuntos me desmoralicen tanto como me excitan. La mentira blanca ha destruido muchas vidas y algunas de ellas forman parte de mi propia vida. En cualquier caso confirma lo que siempre creí sobre el caso del Raval y muchas otras injusticias de su estilo. Obra de necios antes que de malvados.

Sigue con salud
A.